lunes, 2 de febrero de 2009

Asistieron más de las 5 mil personas que esperaban los organizadores 40 telescopios estuvieron a disposición para observar el firmamento

RAUL TORRES
La Jornada Jalisco


Noche de Estrellas, en Atemajac de Brizuela Foto: ARTURO CAMPOS CEDILLO

El viaje comenzó y terminó en la Tierra, en Atemajac de Brizuela, sitio elegido para mirar el cielo desde Jalisco durante la Noche de las Estrellas.

Desde el medio día del sábado comenzaron a llegar al predio La Loma las más de 5 mil personas que se esperaban; los investigadores del Instituto de Astronomía de la Universidad de Guadalajara, del Club Astronómico Orión y de la Sociedad Astronómica de Guadalajara preparaban los más de 40 telescopios que apuntaron a las estrellas; apareció una pantalla donde se proyectaron y explicaron imágenes del universo (nebulosas, galaxias, cúmulos, estrellas, planetas, etcétera).

Los puestos de comida y recuerdos se colocaron en el lugar asignado (café, té, tamales, papas, salchipulpos, churros, perros calientes, tacos, camisetas, mapas celestes, pulseras), las primeras casas de campaña se levantaron para esperar el descenso de la temperatura y el arribo de la noche. Poco a poco aquello se convirtió en fiesta nocturna de fogatas, cobijas y miradas al cielo.

Algunos buscaron comida y café para calentarse, otros se tiraron al suelo envueltos en frazadas para escuchar el espectáculo musical o ver la proyección Una Ventana al Universo. Los talleres sobre astrofotografía y el calendario Maya se llenaron, pero la “Zona Oscura”, donde después de la observación a simple vista se podía entrar en el “cielo profundo” a través de los telescopios, fue el atractivo principal. Había que esperan en la fila aproximadamente un par de horas a poco menos de 10 grados centígrados para acceder.

Al entrar en la zona comienza el viaje, Bernardino es el guía y apunta a la cúpula celeste con su potente rayo láser que recuerda a las legendarias espadas de los Jedis. Lleva el haz de luz verde hasta el poniente y recorre el horizonte. A las 23 horas, Venus, la primera estrella de la tarde, se ha ido y no será posible observarlo esta noche. Pero en compensación, por el oriente, Saturno y sus anillos comienzan a ganar altura en el cielo y desde la tierra los telescopios comienzan a cazarlo.

El láser se detiene en la luna que ya se está yendo: “aquí tiene una fase creciente, es cuarto creciente porque después de luna nueva inicia su nueva fase; si tiene los cuernos para arriba es creciente, si los tiene para abajo es menguante. Hoy les va a tocar ver cráteres y mares aunque no puedan ver agua, porque los mares de la luna en realidad son desiertos. También van a ver volcanes y montañas”, explica Bernardino.

Subiendo de la luna en línea recta nos topamos con un cúmulo abierto de siete estrellas, “Las siete hermanas” les dicen, aunque una de ellas realmente es un planeta: Marte, la estrella roja. “De ahí me bajo, llego a este punto y formamos una V, pero si yo le doy para acá formo un cuerno, y si bajo y sigo el puño, hacemos la constelación de Tauro”, dice Bernardino mientras une puntos en el cielo con su rayo verde y dibuja la cabeza del toro.

La siguiente escala es el cinturón de Orión y su espada, esas tres estrellas brillantes y alineadas que los niños confunden con los “Reyes Magos”. Al entrar en esa latitud del cielo con el telescopio, aparece la nebulosa donde habitan las estrellas Rigel y Betelgeuse. “Son gases donde se están formando otras estrellas o los que dejó una estrella que explotó hace millones de años”, comenta uno de los astrónomos que construyó su propio telescopio.

Bernardino permanece un poco más en ese espacio y recuerda que ahí también habita otra estrella “muy preciosa, la cabeza del caballo, les dicen” que por su lejanía sólo se pueden ver con un gran telescopio y cuando no hay nada de luz, “absolutamente nada, ni luna ni nada, y si la llegan a ver me invitan porque tengo mucho tiempo sin verla”.

El láser transporta las miradas de Orión a la constelación del Can. Nuevamente la luz verde va uniendo los puntos que dejan ver las patas, la cola, el cuerpo y la cabeza del perro celeste, que como pulgas en su lomo alberga un cúmulo cerrado de estrellas: el M-31.

En el camino entre el Can y la Osa Mayor se atraviesa Saturno, que por esta noche decidió vestir sus anillos en forma vertical.

Y dentro de la Osa Mayor su estrella triple, y a un lado la estrella Polar, la estrella del Norte, única que permanece quieta en el cielo, la que servía de guía a los marineros en sus travesías.

La luna también se fue, el cielo es más oscuro, pasa de la media noche y tierra sigue viajando a más de 3 mil kilómetros por hora, quizá por eso el frío arrecia y hace que los viajantes suban los cierres de sus casas de campaña o tomen sus autos para moverse a través de una minúscula cinta de asfalto colocada en un rincón del universo.

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